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Artículos científicos

¿Competencias innatas del recién nacido: capacidades sensoriales, motoras y relacionales desde el nacimiento

FOCUS: Desarrollo del recién nacido

Contrariamente a la creencia común de que el recién nacido es un ser pasivo, limitado a funciones básicas como alimentarse y llorar, la evidencia científica actual demuestra que el recién nacido posee un sorprendente repertorio de competencias ya desde el nacimiento. Estas habilidades son fundamentales para la supervivencia, la adaptación al entorno externo y la construcción del vínculo afectivo con las figuras de referencia.

Competencias motoras y reflejos al nacimiento

Al nacer, el recién nacido manifiesta una motricidad regulada principalmente por los reflejos primarios (o reflejos arcaicos), automatismos neuromotores innatos que constituyen una etapa fundamental del desarrollo. Estos reflejos, activos desde los primeros días de vida, tienden a disminuir progresivamente entre el tercer y el sexto mes, a medida que emergen las habilidades motoras voluntarias. Su presencia representa, por tanto, un importante indicador de la maduración neurológica.

  • Reflejo de marcha automática: al sostener al recién nacido en posición erguida, se desencadena un movimiento similar a la marcha, funcional durante el descenso por el canal del parto.
  • Reflejo de Moro: en respuesta a un movimiento repentino, el recién nacido extiende y luego retrae los brazos y las piernas, contribuyendo al inicio de la respiración al nacer.
  • Reflejo de succión y reflejo de búsqueda: esenciales para la alimentación autónoma, permiten al recién nacido buscar el pecho y prenderse a él.
  • Reflejo de prensión palmar: al estimular la palma de la mano, el recién nacido cierra la mano alrededor del objeto. Este reflejo podría representar un vestigio evolutivo que favorecía el apego físico al cuidador.
Percepción visual en el recién nacido

La evidencia científica demuestra que, ya desde la primera semana de vida, el recién nacido es capaz de distinguir diferentes estímulos visuales y muestra una preferencia por aquellos más complejos y variables frente a los estímulos homogéneos. Aunque el sistema visual del recién nacido aún está en proceso de maduración, permite una visión suficientemente nítida de los objetos situados a una distancia óptima de aproximadamente 20 centímetros, que corresponde a la distancia entre el rostro de la madre y el del bebé durante la lactancia.

Desde los primeros días de vida, el recién nacido es capaz de fijar voluntariamente la mirada en un objeto, orientar la cabeza y los ojos hacia él y seguir su movimiento. Ya a los tres días de vida, diversos estudios observan una mayor atracción hacia los estímulos en movimiento que hacia los estáticos.

Según Daniel Stern, muchas de las primeras interacciones entre madre e hijo tienen lugar precisamente a esta distancia óptima de 20 cm. En este contexto, el recién nacido se siente especialmente atraído por estímulos caracterizados por un fuerte contraste visual, contornos bien definidos y movimiento, elementos que facilitan la interacción relacional. Stern plantea que el recién nacido está biológicamente “diseñado” para buscar activamente estimulación visual sin llegar a sobreestimularse, mostrando una predisposición temprana hacia la interacción social.

Aunque la discriminación cromática aparece únicamente alrededor de la séptima u octava semana de vida, el recién nacido ya es sensible a variaciones mínimas del contraste luminoso, de aproximadamente un 20 %.

Como observó Hainline, aunque durante los primeros días el recién nacido todavía no es capaz de enfocar objetos situados a distintas distancias, posee una visión en blanco y negro lo suficientemente nítida como para reconocer estímulos situados a menos de 25 cm de su rostro.

En conjunto, estos estudios indican que el recién nacido dispone, desde el nacimiento, de las bases funcionales necesarias para procesar estímulos visuales y participar en las primeras formas de comunicación interpersonal.

Percepción auditiva y sensibilidad musical

Desde las primeras horas de vida, el recién nacido demuestra una sorprendente sensibilidad auditiva. Es capaz de reconocer la voz materna y orientar su mirada hacia ella. Cuando identifica el rostro de la persona que ha hablado, se observan respuestas coordinadas: la mirada se intensifica, el cuello se tensa y el mentón se mueve lentamente hacia el interlocutor. Estas respuestas indican una activación temprana de las competencias comunicativas.
Asimismo, durante los dos primeros días de vida, los recién nacidos son capaces de distinguir entre dos sílabas diferentes tras una exposición de menos de veinte minutos, demostrando una capacidad precoz para el aprendizaje fonológico.

Sin embargo, el aprendizaje auditivo comienza mucho antes del nacimiento. Los recién nacidos de entre 12 y 72 horas de vida muestran respuestas diferencialespor ejemplo, cambios en la apertura de los ojoscuando escuchan un discurso pronunciado en la lengua materna en comparación con un discurso en una lengua extranjera. Esto confirma que el entorno intrauterino desempeña un papel fundamental en la familiarización con las características prosódicas del lenguaje.

También en el ámbito musical las capacidades del recién nacido son sorprendentes. En un estudio realizado con dieciocho recién nacidos de entre 24 y 48 horas de vida, los bebés fueron sometidos a resonancia magnética funcional mientras escuchaban piezas de música clásica, algunas de las cuales contenían disonancias intencionadas. Los resultados evidenciaron respuestas cerebrales diferenciadas: la música “incorrecta” activaba áreas específicas del hemisferio derecho, las mismas implicadas en los adultos expertos durante la escucha musical. Estos hallazgos sugieren que el cerebro humano posee desde el nacimiento una predisposición neurofuncional para la percepción musical, capaz no solo de procesar melodías, sino también de reconocer sus alteraciones.

Percepción olfativa y memoria sensorial

El recién nacido, ya durante las dos primeras semanas de vida, es capaz de reconocer y distinguir el olor materno del de otra persona, especialmente durante la lactancia. Esta capacidad olfativa precoz es posible gracias al desarrollo intrauterino del sistema olfativo, que comienza muy temprano durante la gestación. A partir de la quinta semana de vida fetal se desarrollan los receptores olfativos, mientras que alrededor de la decimoquinta semana se forman las fosas nasales. Durante su permanencia en el líquido amniótico, el feto está expuesto a numerosos estímulos químicos que contribuyen a la formación de una auténtica memoria olfativa prenatal. Este proceso hace posible que, al nacer, el recién nacido reconozca el olor materno y se oriente de forma autónoma hacia el pecho.

El sentido del olfato desempeña, por tanto, una función crucial en la adaptación posnatal, la regulación emocional y la activación del comportamiento alimentario. Diversos estudios han demostrado que los olores familiares, como el de la madre, pueden contribuir significativamente a calmar al recién nacido en situaciones de malestar. Objetos impregnados con el olor materno, por ejemplo, se utilizan con frecuencia en el ámbito clínico para facilitar la autorregulación en los recién nacidos prematuros o durante periodos de separación temporal.

Gracias a su marcada sensibilidad olfativa, el recién nacido colocado sobre el abdomen materno es capaz de orientarse hacia el pecho e iniciar la succión. Desde las primeras horas de vida, manifiesta sus reacciones ante los olores percibidos mediante expresiones faciales, movimientos de la cabeza y cambios fisiológicos (como variaciones de la frecuencia cardíaca), distinguiendo entre olores agradables y aquellos nuevos o desagradables.

Capacidad de imitación precoz

Desde las primeras horas de vida, el recién nacido manifiesta una temprana capacidad de imitación, estrechamente relacionada con una función cognitiva conocida como percepción amodal. Este proceso consiste en la capacidad de integrar información procedente de diferentes canales sensoriales —visuales, auditivos y táctiles— y transferir una experiencia perceptiva de una modalidad a otra. La percepción amodal constituye la base para la formación de una representación coherente del yo y del otro, sentando las bases de las primeras formas de comunicación social.

A las pocas horas del nacimiento, los recién nacidos son capaces de imitar movimientos faciales sencillos, como abrir y cerrar la boca o contraer los labios, cuando estos gestos son realizados por un adulto situado aproximadamente a 20 cm de su rostro, distancia óptima para la interacción visual. Este comportamiento se atribuye a la activación de las neuronas espejo, un sistema neuronal encargado de la imitación y de la comprensión de las acciones de los demás.

A las tres semanas de vida, los recién nacidos demuestran la capacidad de imitar vocalizaciones, pero únicamente cuando el sonido es congruente con el movimiento articulatorio observado. La imitación resulta considerablemente menos evidente cuando el sonido percibido no corresponde a la expresión facial del adulto.

A las seis semanas, esta competencia se fortalece aún más: el recién nacido observa durante más tiempo un rostro que articula la misma vocal que está escuchando y es capaz de reproducir expresiones faciales observadas, como sacar la lengua o abrir la boca, evidenciando una integración cada vez mayor entre la percepción visual y auditiva.

Expresión de las emociones en el recién nacido

El recién nacido comunica sus estados afectivos principalmente a través de canales no verbales, especialmente mediante el lenguaje corporal y las expresiones faciales. Las emociones surgen como respuesta a estímulos ambientales y relacionales, y se manifiestan mediante señales fácilmente reconocibles:

  • Miedo: llanto, temblores, expresiones faciales tensas;
  • Ira: enrojecimiento del rostro, respiración irregular, gritos;
  • Bienestar y amor: rostro relajado, mirada fija y tranquila, expresiones de serenidad.

Durante las interacciones espontáneas con la madre, el recién nacido manifiesta comportamientos afectivos específicos como:

  • mantenimiento prolongado de la mirada hacia el rostro materno;
  • sonrisas sociales;
  • gestos de apertura de los brazos y movimientos expresivos del rostro.

Cuando la madre adopta un comportamiento inmóvil y carente de expresión (como ocurre en el paradigma de la “still-face”), el recién nacido muestra claros signos de malestar y desorganización relacional, tales como:

  • evitación de la mirada;
  • disminución de las sonrisas;
  • cierre de la boca;
  • tensión muscular del rostro;
  • conductas de autoconsuelo, como tocarse la cara o la ropa, bostezar, hacer muecas y movimientos de masticación.

Estas señales representan los intentos del recién nacido por restablecer la conexión relacional y regular su experiencia emocional interna en ausencia de una respuesta afectiva por parte del adulto.