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Artículos científicos

Traumatismo Craneal por Maltrato (AHT) en la primera infancia: marco médico-científico

FOCUS: El entorno de vida

El Traumatismo Craneal por Maltrato (AHT), anteriormente indicado en la literatura como Síndrome del Bebé Sacudido, representa una de las formas más graves de maltrato físico en la primera infancia y puede causar graves secuelas neurológicas y presenta un riesgo importante de muerte.

Con el término AHT se identifica un conjunto de lesiones craneales e intracraneales provocadas por la uso intencionado de una fuerza que provoca un traumatismo en la cabeza del niño, con o sin evidencia de impacto directo. La particular vulnerabilidad neurológica de los lactantes está relacionada con las características anatómicas y fisiológicas típicas de los primeros meses de vida, entre ellas la mayor relación entre el tamaño de la cabeza y el cuerpo, la inmadurez dela musculatura cervical y la mayor vulnerabilidad del sistema nervioso central a las bruscas aceleraciones y desaceleraciones.

Las manifestaciones clínicas pueden ser variables e incluyen alteraciones del estado de conciencia, irritabilidad, vómitos, crisis epilépticas, dificultades en la alimentación, apnea y otros signos neurológicos que afectan a una zona concreta del organismo.
El diagnóstico requiere siempre un enfoque multidisciplinario que integre evaluación clínica, neuroimagen, examen oftalmológico, investigación esquelética y análisis del contexto familiar y social.

Las principales sociedades científicas internacionales, entre ellas la Academia Americana de Pediatría (AAP), el Real Colegio de Pediatría y Salud Infantil (RCPCH) y la Organización Mundial de la Salud (OMS), subrayan la importancia del reconocimiento temprano, de la protección del niño y de la colaboración entre profesionales sanitarios, servicios sociales y autoridades competentes.

Junto al diagnóstico y la atención, la prevención primaria representa una de las herramientas más eficaces para reducir el riesgo de AHT. Informar a los cuidadores sobre el desarrollo normal del niño, sobre el llanto infantil y sobre las estrategias de gestión del estrés constituye hoy un componente esencial de las políticas de protección de la infancia.

 

Definición y evolución de la terminología

El traumatismo craneal por maltrato es una condición clínica compleja en la que el daño neurológico deriva de la aplicación intencional de fuerzas traumáticas en la cabeza del niño.

En el pasado, la literatura utilizaba predominantemente el término Síndrome del Bebé Sacudido (SBS) para describir el cuadro clínico asociado al sacudimiento violento del lactante, caracterizado por la presencia de hemorragia subdural, hemorragias retinianas y daño cerebral.

La evolución de los conocimientos científicos ha demostrado, sin embargo, que estas lesiones pueden derivar de diferentes mecanismos traumáticos, que incluyen no solo el sacudimiento, sino también impactos directos y movimientos bruscos de aceleración y desaceleración. Por este motivo, la comunidad científica internacional ha adoptado progresivamente el término Traumatismo Craneal por Maltrato (AHT), considerado más representativo de todo el espectro de lesiones atribuibles al abuso físico. La Academia Americana de Pediatría formalizó este cambio terminológico precisamente para favorecer una descripción más completa y precisa del fenómeno (Christian & Block, 2009).

El Traumatismo Craneal por Maltrato se define, por tanto, como un traumatismo de la cabeza y de las estructuras situadas dentro del cráneo  causado por fuerzas externas derivadas de un comportamiento intencional o de una acción caracterizada por un elevado riesgo de provocar lesiones en el niño.

Desde el punto de vista clínico pueden estar presentes:

  • hemorragia intracraneal, en particular hemorragia o hematoma subdural.
  • lesiones cerebrales traumáticas;
  • edema cerebral;
  • hemorragias retinianas;
  • fracturas craneales y otras lesiones esqueléticas asociadas.

La particular vulnerabilidad de los niños en los primeros años de vida está ligada a algunas características anatómicas y fisiológicas:

  • mayor relación entre el peso de la cabeza y la masa corporal;
  • control cervical aún inmaduro;
  • capacidad reducida de estabilización durante movimientos de aceleración;
  • elevada sensibilidad del tejido cerebral en fase de desarrollo.

Como subraya Gabaeff (2011), la comprensión del AHT requiere siempre un análisis integrado del mecanismo traumático, del cuadro clínico y de las evidencias diagnósticas, evitando interpretaciones basadas en un solo hallazgo.

ssite toujours une analyse intégrée du mécanisme traumatique, du tableau clinique et des preuves diagnostiques, en évitant les interprétations basées sur une seule observation.

 

Epidemiología y consecuencias clínicas

La incidencia real del Traumatismo Craneal por Maltrato es difícil de definir con precisión, tanto por la variabilidad de los sistemas de vigilancia como por la posible subestimación de los casos.
Según Piteau et al. (2012), el traumatismo craneal por maltrato representa una de las principales causas de muerte y de discapacidad neurológica permanente en niños víctimas de abuso físico.

Los niños de edad inferior a los 12 meses resultan particularmente vulnerables, tanto por las características anatómicas propias de esta fase del desarrollo como por la completa dependencia de los adultos que los cuidan. El periodo de mayor riesgo se identifica frecuentemente en los primeros seis meses de vida, cuando el llanto infantil puede alcanzar fisiológicamente su pico y puede representar una fuente de estrés para algunos cuidadores.

Las posibles consecuencias pueden incluir:

  • déficits cognitivos;
  • trastornos motores;
  • epilepsia;
  • alteraciones de la función visual;
  • dificultades conductuales;
  • trastornos del neurodesarrollo.

 

Fisiopatología

El Traumatismo Craneal por Maltrato (AHT) determina un conjunto complejo de alteraciones biomecánicas, vasculares y celulares que pueden afectar al tejido cerebral, las meninges, los vasos sanguíneos intracraneales y las estructuras oculares.
La entidad del daño depende de diversos factores, entre ellos la intensidad y la duración de las fuerzas aplicadas, la edad del niño y su particular vulnerabilidad anatómica. En los lactantes, de hecho, la cabeza representa una porción relativamente mayor del cuerpo y la musculatura cervical aún no ha alcanzado un desarrollo adecuado. En consecuencia, movimientos bruscos de aceleración y desaceleración pueden provocar un desplazamiento del cerebro dentro de la caja craneal, determinando tensiones mecánicas en las estructuras nerviosas y vasculares.

El daño neurológico puede desarrollarse a través de dos mecanismos principales:

  • lesión primaria, directamente causada por las fuerzas traumáticas aplicadas al tejido cerebral;
  • lesión secundaria, consecuencia de los procesos que siguen al trauma, tales como hipoxia, edema cerebral, alteraciones metabólicas y aumento de la presión intracraneal.

Estos eventos pueden sumarse entre sí, contribuyendo a la progresión del daño neurológico.

 

Mecanismos biomecánicos y daño intracraneal

Las fuerzas de aceleración y desaceleración determinan un desplazamiento relativo entre el encéfalo, las meninges y las estructuras vasculares. Este fenómeno puede causar el estiramiento y, en los casos más graves, la rotura de las venas puente, con la consiguiente formación de un hematoma subdural, uno de los hallazgos observados con más frecuencia en los casos de AHT.

Es importante destacar que la presencia de una hemorragia subdural, así como de cualquier otro hallazgo diagnóstico, no es por sí misma suficiente para confirmar el diagnóstico de traumatismo craneal por maltrato. Como se evidencia en la revisión de Narang et al. (2016), el diagnóstico requiere siempre una integración entre datos clínicos, antecedentes médicos y pruebas de imagen y una evaluación multidisciplinaria.

En los casos más graves pueden aparecer alteraciones de la respiración, episodios de apnea y un compromiso progresivo del estado neurológico. La reducción del aporte de oxígeno al cerebro puede causar daño cerebral por falta de oxígeno y de flujo sanguíneo, agravando los efectos de la lesión primaria.

El edema cerebral resultante puede aumentar la presión intracraneal y reducir aún más la perfusión cerebral, alimentando un círculo vicioso que contribuye a la progresión del daño.

Paralelamente se activan numerosos procesos biológicos, entre ellos:

  • respuesta inflamatoria;
  • alteración de la barrera que protege el cerebro frente a determinadas sustancias;
  • estrés oxidativo;
  • muerte celular neuronal.

Estos mecanismos representan la base biológica de las posibles consecuencias neurológicas a medio y largo plazo.

 

Manifestaciones clínicas

El cuadro clínico del Traumatismo Craneal por Maltrato puede ser extremadamente variable. Algunos niños presentan signos neurológicos evidentes desde las primeras fases, mientras que otros pueden manifestar inicialmente síntomas más sutiles e inespecíficos.

Entre los principales signos clínicos se observan:

  • alteración del estado de conciencia;
  • somnolencia marcada o reducción de la capacidad de respuesta;
  • llanto o irritabilidad que no se calma ;
  • vómitos;
  • dificultades en la alimentación;
  • reducción de la interacción con el entorno;
  • crisis epilépticas;
  • episodios de apnea;
  • alteraciones del tono muscular;
  • anomalías de la mirada.

En los lactantes, el reconocimiento precoz puede ser complejo porque los síntomas iniciales pueden ser confundidos con condiciones frecuentes de la edad pediátrica. Por este motivo, una modificación repentina del comportamiento, sobre todo si se asocia a signos neurológicos o a una historia clínica no coherente con el cuadro observado, requiere siempre una evaluación especialista oportuna.

 

Diagnóstico clínico y enfoque multidisciplinar

El diagnóstico de AHT requiere un recorrido estructurado y multidisciplinar, en el cual intervienen profesionales de distintas especialidades clínicas, radiológicas, oftalmológicas y médico-legales  concurren a una evaluación completa del niño. El objetivo no es solo identificar la eventual lesión, sino también comprender el contexto clínico y garantizar oportunamente la protección del menor, a través de la colaboración entre profesionales sanitarios, servicios sociales y autoridades competentes.

Las directrices de la American Academy of Pediatrics (AAP) recomiendan una evaluación sistemática en niños con sospecha de traumatismo craneoencefálico por abuso, que incluya una recogida detallada de los antecedentes y de lo sucedido, un examen físico completo y el empleo de las pruebas diagnósticas más adecuadas (Christian & Block, 2009).

El recorrido diagnóstico involucra generalmente a diversas figuras profesionales, entre ellas:

  • pediatra;
  • médico de emergencias y urgencias;
  • neurocirujano;
  • neurorradiólogo;
  • oftalmólogo pediátrico;
  • médico forense;
  • psicólogo;
  • trabajador social.

La integración de las diversas competencias permite interpretar correctamente el cuadro clínico, evitando que hallazgos aislados se consideren por separado.

 

Neuroimagen

La neuroimagen representa uno de los instrumentos fundamentales del recorrido diagnóstico.
En la fase aguda, la tomografía computarizada (TC) del encéfalo constituye a menudo el primer examen realizado, ya que permite una rápida identificación de:

  • hemorragias intracraneales;
  • fracturas craneales;
  • edema cerebral;
  • otras alteraciones agudas.

Posteriormente, la resonancia magnética (RM) permite una evaluación más detallada del tejido cerebral, contribuyendo a definir la extensión de las lesiones y su evolución en el tiempo.

Según las recomendaciones del Royal College of Paediatrics and Child Health (RCPCH, 2020), las imágenes deben ser interpretadas por especialistas con experiencia en neurorradiología pediátrica y siempre integradas con la historia clínica, el examen físico y las otras pruebas diagnósticas.

Evaluación oftalmológica

La evaluación oftalmológica representa un componente importante del recorrido diagnóstico cuando el cuadro clínico sugiere un posible traumatismo craneoencefálico por abuso. En particular, la búsqueda de hemorragias retinianas mediante examen del fondo de ojo debe ser realizada por un oftalmólogo con experiencia en el ámbito pediátrico.

Como subrayan las directrices del RCPCH, también este hallazgo debe ser interpretado en el contexto de todo el cuadro clínico: ningún signo por sí solo es suficiente para confirmar o excluir el diagnóstico de AHT.

 

Evaluación esquelética

En los niños pequeños con sospecha de maltrato puede estar indicada una investigación esquelética completa, orientada a la identificación de posibles lesiones óseas no evidentes en el examen clínico.

La presencia de fracturas costales o de lesiones óseas en diferentes etapas de curación puede proporcionar información relevante en el marco de la evaluación global.

La American Academy of Pediatrics y el American College of Radiology recomiendan el uso de protocolos radiológicos específicos para garantizar una investigación precisa y estandarizada en los casos de sospecha de abuso físico.

 

Recomendaciones de las principales sociedades científicas

Las indicaciones actualmente adoptadas a nivel internacional derivan principalmente de los documentos publicados por:

  • American Academy of Pediatrics (AAP);
  • Royal College of Paediatrics and Child Health (RCPCH);
  • World Health Organization (WHO).

A pesar de tener enfoques organizativos diferentes, estas instituciones comparten algunos principios fundamentales:

  • reconocer precozmente los signos clínicos compatibles con AHT;
  • garantizar una evaluación multidisciplinar;
  • asegurar la protección inmediata del niño cuando sea necesario;
  • documentar con precisión el recorrido diagnóstico;
  • promuovere la prevención primaria a través de programas educativos dirigidos a los cuidadores.

La creciente atención de las sociedades científicas hacia la prevención refleja un principio hoy ampliamente compartido: informar y apoyar a las familias representa un componente esencial de la protección de la salud y el desarrollo del niño.

 

Prevención primaria 

La prevención primaria del Traumatismo Craneal por Abuso (AHT) representa uno de los instrumentos más eficaces para proteger la salud y el desarrollo del niño en los primeros meses de vida. Las intervenciones preventivas se basan en la información, en la educación y en el apoyo a los cuidadores, con el objetivo de fomentar un mayor conocimiento del desarrollo infantil, mejorar la gestión de las situaciones de estrés y promover modalidades de cuidado seguras.
Un elemento central de la prevención se refiere a la comprensión del llanto infantil, una manifestación fisiológica del desarrollo que generalmente alcanza su pico entre la segunda semana y el tercer-cuarto mes de vida, para luego disminuir progresivamente (Barr et al., 2012). Conocer esta evolución normal ayuda a los padres a interpretar el llanto como una fase del desarrollo y no como una señal de incapacidad parental o de falta de respuesta a las necesidades del niño. La información precoz representa, por tanto, una herramienta concreta para reducir el estrés y fomentar una relación de cuidado más serena.

 

1. Educación sobre el llanto infantil y estrategias de consuelo

Los programas de educación dirigidos a los cuidadores tienen el objetivo de proporcionar conocimientos prácticos sobre el significado del llanto y sobre las modalidades más adecuadas para responder a las necesidades del niño.

Entre las principales estrategias recomendadas se encuentran:

  • verificar las necesidades fundamentales del niño (alimentación, cambio de pañal, temperatura corporal y comodidad);
  • ofrecer un contacto físico tranquilizador, a través de la contención, la cercanía y, cuando sea apropiado, el contacto piel con piel;
  • reducir los estímulos ambientales si el niño parece sobreestimulado;
  • utilizar una voz tranquila, movimientos delicados y rutinas previsibles;
  • reconocer que algunos episodios de llanto pueden persistir a pesar de las estrategias de consuelo.

El objetivo no es interrumpir inmediatamente el llanto, sino ayudar al cuidador a mantener una respuesta tranquila, segura y respetuosa con las necesidades del niño.

 

2. Promoción de la regulación del estrés por parte del cuidador

Cuidar de un recién nacido puede ser emocionalmente exigente. Por este motivo, los programas de prevención dedican especial atención a la gestión del estrés parental.
Cuando el llanto se vuelve intenso o prolongado, es importante que el cuidador sepa reconocer sus propios límites y utilice estrategias de autorregulación. Si es necesario, se recomienda acostar temporalmente al niño en un lugar seguro, como la cuna, y tomarse unos minutos para recuperar el control emocional antes de retomar los cuidados.

Esta simple indicación, promovida por numerosas campañas internacionales de prevención, contribuye a sustituir una respuesta impulsiva por una elección consciente y segura. Fomentar el bienestar psicológico de los padres, ofrecer apoyo en el periodo postnatal e identificar precozmente situaciones de especial vulnerabilidad representan elementos fundamentales en la prevención del AHT.

 

3. Educación sobre los riesgos del sacudimiento y promoción de la seguridad física

Un aspecto esencial de la prevención consiste en informar a los cuidadores sobre las consecuencias del sacudimiento violento de un lactante. En los primeros meses de vida el sistema nervioso es particularmente vulnerable y los movimientos bruscos de la cabeza pueden provocar graves lesiones cerebrales.

Por este motivo es importante recordar que:

  • un niño nunca debe ser sacudido, ni siquiera en el intento de interrumpir el llanto;
  • incluso episodios de corta duración pueden causar consecuencias neurológicas importantes;
  • el riesgo aumenta cuando el cuidador está abrumado por el cansancio, la frustración o el estrés.

La prevención debe involucrar no solo a los padres, sino a todas las personas que cuidan al niño, incluidos familiares, niñeras y otros cuidadores.

 

4. Promoción del uso seguro de dispositivos para el transporte y el manejo diario

La protección del niño también pasa por la adopción de prácticas de seguridad correctas en la vida diaria.
Los cuidadores deben recibir información sobre el uso apropiado de:

  • cochecitos;
  • sillas de paseo;
  • sistemas de transporte;
  • sillas de coche;
  • dispositivos destinados a sujetar al niño de forma segura .

El empleo de estas herramientas siempre debe respetar las indicaciones del fabricante relativas a la edad, el peso y el posicionamiento correcto del niño.

Aunque algunos dispositivos pueden integrar sistemas tecnológicos de apoyo, ninguna tecnología puede sustituir la atención, la supervisión y la presencia del adulto.

 

5. Promoción de la solicitud de ayuda

Uno de los mensajes más importantes de la prevención se refiere a la normalización de la solicitud de ayuda.
Durante los primeros meses de vida del niño es normal experimentar cansancio, frustración o momentos de dificultad. Reconocer estas emociones y compartirlas representa un comportamiento responsable y protector.

Los programas de prevención promueven:

  • el involucramiento de la red familiar y social;
  • el diálogo con pediatras, matronas y otros profesionales sanitarios;
  • el acceso a los servicios territoriales y a los programas de apoyo a la parentalidad.

Pedir apoyo significa cuidarse a sí mismo y, al mismo tiempo, a su propio hijo.

 

Conclusiones

Las evidencias científicas disponibles indican que los programas educativos dirigidos a los cuidadores mejoran los conocimientos sobre el llanto infantil, las estrategias de regulación del estrés y los riesgos asociados al sacudimiento del lactante (Barr et al., 2012; Scott et al., 2022).

Aunque son necesarios estudios adicionales para definir con mayor precisión su impacto en la incidencia del Abusive Head Trauma, existe un amplio consenso sobre el valor de la información temprana, del apoyo a la parentalidad y de la prevención como herramientas fundamentales para promover la salud y la seguridad de los niños.

El Abusive Head Trauma representa una condición grave pero, en muchos casos, potencialmente prevenible. Difundir conocimientos científicamente fundados, apoyar a los cuidadores en los momentos de mayor dificultad y fomentar una red de colaboración entre familias, profesionales sanitarios y servicios territoriales significa contribuir concretamente a la protección del desarrollo infantil y al bienestar de los niños desde los primeros meses de vida.

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