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Artículos científicos

Inserción en la guardería en la primera infancia: el papel de la educación receptiva

FOCUS: La socialización

El ingreso del niño a la guardería constituye una etapa evolutiva significativa, durante la cual amplía su círculo de relaciones a través del encuentro con nuevas figuras adultas, nuevos espacios y otros niños de su edad. Este recorrido acompaña el desarrollo de las competencias emocionales, sociales, cognitivas y comunicativas mediante experiencias de exploración, interacción y aprendizaje compartido.

Las relaciones tempranas desempeñan un papel significativo en la construcción de la seguridad emocional, en el desarrollo de la autonomía y en la capacidad del niño para participar en la vida social. Bowlby (1969) describió el sistema de apego como un mecanismo evolutivo orientado a la búsqueda de protección y cercanía de la figura de referencia. Ainsworth et al. (1978), a través del procedimiento observacional de la Situación Extraña, destacaron cómo la calidad de la relación temprana influye en la manera en que el niño utiliza al cuidador como base segura para explorar el entorno.

La guardería representa un contexto educativo en el cual el niño puede desarrollar nuevas formas de comunicación verbal y no verbal, construir relaciones con sus compañeros a través del juego y participar progresivamente en la vida del grupo. La relación educativa receptiva de los educadores favorece el sentido de seguridad y apoya al niño durante el proceso de adaptación al nuevo entorno.

El posible malestar asociado a la separación de la figura familiar se enmarca en el curso normal del desarrollo emocional y puede disminuir cuando el niño encuentra continuidad educativa, adultos sensibles y rutinas previsibles.

Los primeros años de vida se caracterizan por una rápida evolución de las capacidades motoras, cognitivas, lingüísticas, emocionales y relacionales. El niño construye el conocimiento del mundo a través de la experiencia directa y de los intercambios con las personas que participan en su crecimiento.

El ingreso a la guardería amplía su contexto relacional, ofreciendo nuevas oportunidades de aprendizaje a través de la participación en las actividades cotidianas, el contacto con los educadores y la interacción con otros niños. El paso del ambiente familiar al contexto educativo requiere un proceso gradual en el cual el niño adquiere familiaridad con nuevos espacios, rutinas y personas. Este cambio se acompaña respetando las características individuales, el temperamento y los tiempos de adaptación de cada niño.

La calidad de la experiencia educativa depende del encuentro entre las necesidades del niño, la capacidad del adulto para responder a sus señales y las características del entorno en el que se desarrollan las interacciones.

Apego y seguridad emocional

Bowlby (1969) describió el vínculo de apego como un sistema natural orientado a la búsqueda de protección y seguridad. La presencia de una figura disponible y sensible permite al niño utilizar la relación como base segura desde la cual explorar el entorno y afrontar situaciones nuevas.
Ainsworth et al. (1978), a través de los estudios realizados con la Situación Extraña, profundizaron en la relación entre la calidad de la relación temprana y la exploración del entorno. Los autores destacaron cómo una relación caracterizada por la sensibilidad, receptividad y capacidad de comprender las señales del niño favorece el desarrollo de la seguridad emocional.

En el contexto de la guardería el niño mantiene el vínculo afectivo construido en familia y, al mismo tiempo, amplía su propio sistema relacional a través de nuevas experiencias con educadores y compañeros. La construcción de una relación educativa receptiva le permite desarrollar confianza hacia el nuevo entorno y participar progresivamente en las actividades del grupo.

Esta relación se basa en la capacidad del educador para observar el comportamiento del niño, reconocer sus necesidades emocionales y ofrecer respuestas coherentes. Tal modalidad relacional apoya la regulación emocional y favorece el gradual paso de la dependencia inicial hacia formas progresivas de autonomía.

El NICHD Early Child Care Research Network (2002) ha destacado cómo la calidad de las interacciones entre adulto y niño en los servicios educativos está asociada al desarrollo infantil, subrayando el papel de las experiencias relacionales cotidianas en los procesos emocionales, cognitivos y sociales.

 

Relaciones entre iguales y vínculo entre niños

La presencia de compañeros ofrece al niño un contexto en el cual experimentar las primeras formas de socialización y participación en el grupo. Desde los primeros años de vida, los niños manifiestan interés hacia los demás a través de la mirada, la sonrisa, la imitación, la búsqueda de cercanía y el compartir actividades sencillas.
El vínculo entre niños describe el proceso gradual a través del cual se desarrollan lazos positivos entre iguales, basados en la familiaridad, en la reciprocidad y en las experiencias compartidas. Estas primeras conexiones sociales favorecen la capacidad de reconocer las emociones de los demás, interpretar las señales comunicativas y participar en las actividades colectivas.

Howes (1983) analizó el desarrollo de las relaciones entre iguales en la primera infancia, destacando cómo las interacciones entre niños pueden adquirir características de reciprocidad y estabilidad ya en los primeros años de vida. A través del contacto diario con los compañeros, el niño aprende modalidades de colaboración, imitación e participación social.
Rubin et al. (2009) han destacado además cómo las experiencias con los compañeros durante la infancia están asociadas al desarrollo de las competencias sociales y a las formas en que el niño participa en los grupos.

En la guardería estas experiencias ocurren principalmente a través del juego, las rutinas diarias y las actividades compartidas. El grupo de niños ofrece, por tanto, ocasiones en las que experimentar la espera del propio turno, el compartir objetos, la comprensión de las emociones y la adaptación a las necesidades de los demás. La interacción diaria favorece la construcción del sentido de pertenencia y apoya el desarrollo de las primeras competencias relacionales.

 

Comunicación verbal y no verbal en el contexto de la guardería

En los primeros años de vida la comunicación se desarrolla a través de múltiples modalidades, que incluyen el lenguaje, los gestos, las expresiones faciales, los movimientos corporales y los intercambios emocionales. Antes de la completa adquisición de las palabras, el niño se comunica a través de la mirada, la sonrisa, las vocalizaciones, la postura y la búsqueda de cercanía con el otro.

Trevarthen (1979) describió las primeras formas de comunicación emocional con otras personas destacando cómo el niño está predispuesto, desde los primeros meses de vida, a compartir estados emocionales e intenciones con las figuras de referencia.
En el contexto educativo de la guardería, la comunicación no verbal desempeña un papel fundamental, ya que permite al niño entrar en relación incluso antes del desarrollo completo del lenguaje. El contacto visual, la imitación, el tono de voz y las expresiones emocionales contribuyen a la construcción del intercambio relacional.

Con el progresivo desarrollo de las competencias lingüísticas, el niño amplía sus propias posibilidades de participación a través de palabras, frases y relatos de las experiencias vividas. Bruner (1983) destacó el papel de la interacción social en el desarrollo del lenguaje subrayando cómo las competencias comunicativas surgen dentro de contextos compartidos con adultos y compañeros.

Los educadores apoyan este recorrido a través de conversaciones diarias, lecturas en voz alta, actividades narrativas y momentos de diálogo durante las rutinas. El lenguaje del adulto acompaña al niño en la comprensión de las emociones, en la construcción del pensamiento y en la capacidad de expresar necesidades e intenciones.

La comunicación verbal y la no verbal permanecen estrechamente conectadas a la calidad de las relaciones: a través del intercambio comunicativo, el niño experimenta la escucha, la reciprocidad y la posibilidad de sentirse comprendido.

 

El juego como experiencia de aprendizaje y relación

El juego constituye una de las principales modalidades a través de las cuales el niño explora el entorno, desarrolla competencias y construye relaciones. A través de la actividad lúdica experimenta roles, utiliza la creatividad, comunica intenciones y participa en la construcción de experiencias compartidas.

Piaget (1962) describió el juego como un proceso a través del cual el niño organiza su propia experiencia y desarrolla nuevas modalidades de interpretación de la realidad. Vygotsky (1978) destacó el papel de la dimensión social en el desarrollo infantil, subrayando cómo nuevas competencias se adquieren gracias a la interacción con los demás.

El juego compartido ofrece un espacio en el cual experimentar colaboración, lenguaje, imaginación y capacidad para resolver problemas. En la guardería los niños inicialmente pueden compartir el mismo espacio manteniendo actividades individuales; posteriormente desarrollan formas de participación cada vez más recíprocas y coordinadas.
Parten (1932) estudió la evolución del juego social, describiendo el paso de formas de juego individual hacia modalidades caracterizadas por una creciente interacción con los compañeros.

El juego simbólico adquiere un valor particularmente significativo en el desarrollo emocional, ya que permite al niño representar experiencias vividas, elaborar emociones y experimentar diferentes modalidades relacionales. A través de la fantasía el niño puede comprender perspectivas diferentes y desarrollar capacidades creativas.
La dimensión lúdica apoya además la regulación emocional porque durante el juego el niño encuentra pequeñas dificultades, aprende a esperar, afronta cambios y experimenta estrategias para resolver situaciones con el apoyo del adulto.

 

Regulación emocional y adaptación al nuevo entorno

La regulación emocional se desarrolla a través de un proceso gradual en el cual el niño aprende a reconocer, modular y expresar sus propias emociones. En los primeros años de vida esta capacidad nace sobre todo dentro de las relaciones con los adultos, que ayudan al niño a comprender y organizar las experiencias emocionales.

Thompson (1994) definió la regulación emocional como el conjunto de procesos a través de los cuales las respuestas emocionales son monitoreadas y modificadas en relación con las demandas del entorno y los objetivos individuales.

Durante el periodo de inserción en la guardería el niño puede experimentar emociones diversas, vinculadas a la novedad del entorno, a la presencia de nuevas figuras de referencia y a la temporal separación de la familia. La presencia de un adulto receptivo permite acompañar estas experiencias, favoreciendo la construcción de estrategias personales de adaptación.

La capacidad del educador para reconocer las señales emocionales del niño y para ofrecer apoyo adecuado contribuye al desarrollo de la seguridad emocional y de la autonomía. A través de experiencias repetidas, relaciones estables y rutinas previsibles, el niño adquiere progresivamente confianza en el contexto de la guardería y en las nuevas relaciones que construye allí.

 

El papel del educador y la relación educativa receptiva

El educador de la guardería acompaña al niño en el recorrido de conocimiento del nuevo entorno a través de una presencia atenta, estable y receptiva. La relación educativa se construye en la cotidianidad gracias a la escucha, a la observación, a la cercanía emocional y a la capacidad de reconocer las señales individuales del niño.

Una relación educativa receptiva permite al adulto adaptar su intervención a las características personales de cada niño, respetando su temperamento, sus tiempos de adaptación y la forma en que expresa necesidades y emociones. La sensibilidad del educador favorece la construcción de un clima de confianza, en el que el niño puede explorar el entorno, participar en las actividades y adquirir nuevas competencias.

Ainsworth et al. (1978) destacaron cómo la sensibilidad del cuidador hacia las señales del niño está  estrechamente asociada a la construcción de una base segura. En el contexto educativo este principio se traduce en la capacidad del educador para ofrecer continuidad relacional y apoyo durante las experiencias nuevas.
La estabilidad de las figuras educativas permite al niño construir puntos de referencia reconocibles y adquirir familiaridad con los espacios y las rutinas de la guardería. Al mismo tiempo, la previsibilidad de las actividades cotidianas facilita la comprensión del contexto y favorece una participación cada vez más activa.

El educador apoya además las relaciones entre niños promoviendo actividades compartidas, experiencias de juego en grupo y mediando las primeras interacciones sociales. En este sentido, la guardería se convierte en un espacio en el cual el niño aprende y crece gracias a la relación con los adultos y los compañeros.

 

Ansiedad por separación y proceso de inserción en la guardería

La ansiedad por separación representa una manifestación emocional frecuente en el desarrollo de la primera infancia y está estrechamente vinculada a la maduración del vínculo afectivo con las figuras de referencia. Progresivamente el niño adquiere la capacidad de comprender que la persona amada continúa existiendo incluso durante una ausencia temporal.

Bowlby (1969) describió la búsqueda de la cercanía de la figura de apego como un comportamiento con función protectora, que surge sobre todo en las situaciones percibidas como nuevas, inciertas o potencialmente estresantes.

Las primeras manifestaciones de malestar durante la separación pueden aparecer en la segunda mitad del primer año de vida y volverse más evidentes entre los 12 y los 24 meses, periodo en el cual aumenta la conciencia de la distancia de la figura familiar y crece, al mismo tiempo, el deseo de explorar el entorno (Bowlby, 1969).

En el momento del ingreso a la guardería el niño puede manifestar llanto al separarse, búsqueda de cercanía del progenitor, necesidad de consuelo o una mayor observación del entorno circundante. Se trata de reacciones que forman parte del proceso de adaptación y que tienden generalmente a atenuarse con la progresiva consolidación de la familiaridad con los espacios, los educadores y las rutinas.

El ingreso a la guardería ocurre frecuentemente entre los 6 meses y los 3 años, periodo caracterizado por importantes cambios en el desarrollo de la autonomía, de la comunicación y de las capacidades sociales. No existe una modalidad de inserción válida para todos los niños, ya que el recorrido depende de la edad madurativa, de las características temperamentales, de las experiencias previas y de la calidad del contexto educativo.

En los primeros meses de vida algunos niños pueden necesitar tiempos más graduales para conocer el nuevo entorno y construir familiaridad con las figuras educativas. Entre el primer y el segundo año, la mayor conciencia de la separación puede acompañarse de una más intensa búsqueda de la figura familiar, mientras aumenta progresivamente la capacidad de exploración. Entre los dos y los tres años, en cambio, el desarrollo lingüístico permite generalmente una mayor comprensión de las rutinas y de las explicaciones del adulto, aunque persiste la necesidad de reafirmación en los momentos de cambio.

El periodo de ambientación puede extenderse desde algunos días hasta varias semanas, en relación con las características individuales del niño y las modalidades organizativas del servicio educativo. Una inserción gradual favorece la familiarización con los espacios, los educadores y los compañeros a través de experiencias repetidas y previsibles.
Durante este periodo el niño puede alternar momentos de curiosidad, juego y participación con otros en los que busca más la cercanía de la figura familiar. Esta alternancia representa un componente natural del proceso a través del cual integra la nueva experiencia, manteniendo la seguridad emocional construida en las relaciones previas.

Incluso pequeños rituales diarios, como un saludo claro y coherente, una comunicación tranquilizadora y la certeza del regreso del progenitor, favorecen una representación positiva de la separación temporal. La continuidad de las rutinas contribuye además a transformar progresivamente la guardería en un entorno familiar, previsible y acogedor.

Bowlby J Attachment and Loss Volume 1 Attachment New York Basic Books 1969

Ainsworth MDS Blehar MC Waters E Wall S Patterns of Attachment A Psychological Study of the Strange Situation Hillsdale NJ Lawrence Erlbaum Associates 1978

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