Artículos científicos
Del útero al agua: las primeras experiencias de movimiento y relación del niño
El primer “nadador” de nuestra existencia no es el recién nacido, sino el feto, que durante unas cuarenta semanas se desarrolla inmerso en el líquido amniótico en el interior del útero materno. Este entorno representa el primer espacio vital humano y una condición única de crecimiento, en la que el cuerpo no está sujeto a la gravedad y puede moverse libremente en todas las direcciones.
En esta dimensión suspendida, el feto no nada en sentido voluntario, sino que vive una libertad motriz completa posibilitada por la ausencia de carga gravitatoria. Sus movimientos, lejos de ser aleatorios, constituyen un componente esencial del desarrollo neuromotor temprano. Durante la vida intrauterina, el feto realiza extensiones, flexiones, rotaciones y movimientos de las extremidades que no solo acompañan, sino que contribuyen activamente a la formación de músculos y huesos a través de estimulaciones mecánicas continuas. También el sistema vestibular, responsable del equilibrio y de la percepción del movimiento, se organiza gracias a estas experiencias constantes. En este sentido, el líquido amniótico no es simplemente un entorno protector, sino una matriz dinámica que permite al sistema nervioso estructurarse a través del propio movimiento (Figura 1).

El líquido amniótico como entorno sensorial y motor
El útero es, de hecho, un ecosistema biológico altamente especializado, en el que el líquido amniótico desempeña funciones integradas de protección, crecimiento y regulación. Mantiene una temperatura estable, amortigua los impactos externos y permite esa libertad motriz indispensable para un desarrollo armónico. Al mismo tiempo participa en los procesos madurativos, como el pulmonar, a través de los movimientos respiratorios fetales que diseñan una especie de entrenamiento fisiológico para la futura función respiratoria.
Junto a estas funciones físicas, el entorno intrauterino es también un contexto profundamente sensorial. El feto está inmerso en una red de estímulos filtrados pero constantes, como el ritmo del latido cardíaco materno, los movimientos respiratorios y las vibraciones de la voz. Estas señales no son meros ruidos de fondo, sino elementos estructurantes para el desarrollo del sistema nervioso, que comienza a reconocer y organizar patrones rítmicos fundamentales para la futura regulación neurofisiológica. El útero se convierte así en una verdadera matriz sensorial primaria, en la que se sientan las bases de la percepción y del equilibrio emocional y corporal.
En este contexto se inserta el concepto de imprinting prenatal (huella prenatal). Esto no significa que el bebé recuerde conscientemente su vida en el útero, sino que su cuerpo conserva una memoria física y biológica de ese entorno cálido y fluido. El sistema nervioso fetal se desarrolla, de hecho, en un entorno caracterizado por la contención, calor, contacto continuo y fluidez, condiciones que dejan una forma de memoria implícita, profundamente corporal y no cognitiva.
Del útero a la acuaticidad neonatal
Tras el nacimiento, el recién nacido pasa de un medio líquido a un medio aéreo y esto conlleva una importante adaptación fisiológica, respiratoria y sensorial. El cambio afecta no solo a la función de la respiración, sino también a la forma en que el cuerpo percibe el contacto, el peso y la temperatura. En esta transición, la acuaticidad neonatal no debe entenderse como una enseñanza temprana de la natación, sino como una experiencia gradual de familiarización sensorial con el agua.
En general, los cursos de acuaticidad pueden introducirse después del primer período neonatal, indicativamente alrededor de los tres o cuatro meses de vida, cuando el recién nacido ha alcanzado una mayor estabilidad clínica y una mejor capacidad de adaptación térmica y postural. En esta fase, el objetivo no es el aprendizaje motor, sino la regulación emocional, el contacto y la continuidad sensorial con algunas características del entorno intrauterino. El niño no “aprende a nadar”, sino que experimenta un entorno que puede favorecer la calma, la contención y la relación.
Seguridad, entorno y calidad de la sesión
La elección del curso de acuaticidad debería basarse en algunos elementos fundamentales. Es importante que el contexto esté estructurado específicamente para lactantes o primera infancia, con instructores formados en el ámbito pediátrico o psicomotor y con un enfoque no obligado, centrado en el juego y en la relación. La presencia activa del progenitor en el agua es un elemento esencial, porque garantiza la seguridad emocional y refuerza el vínculo de apego (Figura 2).

Otro aspecto central se refiere a la calidad del agua y del entorno. Las piscinas destinadas a la acuaticidad infantil deberían mantener una temperatura del agua generalmente comprendida entre los 32 y los 34 grados, para reducir el estrés térmico y favorecer la relajación muscular. El ambiente debe ser cálido también fuera del agua, con vestuarios adecuadamente calentados para evitar cambios bruscos de temperatura.
La higiene representa un punto fundamental. Las estructuras deben garantizar un elevado estándar de filtración y desinfección del agua, con controles regulares de los parámetros microbiológicos y químicos. Es importante que se respeten normas rigurosas de limpieza de los espacios y que los niños no entren en el agua en presencia de enfermedades agudas, sobre todo respiratorias o gastrointestinales, para proteger tanto al individuo como al grupo.
Desde el punto de vista del tipo de actividad, los cursos de acuaticidad pueden variar desde recorridos más suaves y sensoriales, centrados en el contacto y en la flotación asistida, hasta experiencias ligeramente más dinámicas que introducen el movimiento autónomo en el agua, siempre en forma lúdica. En los primeros meses, las clases se centran en el contacto corporal, en mecer al bebé y en dejar que se adapte al agua poco a poco, mojándolo suavemente sin llegar a sumergirlo.
Las principales indicaciones en el ámbito pediátrico subrayan que estas experiencias no son necesarias desde el punto de vista médico para el desarrollo del niño, pero pueden favorecer el desarrollo psicomotor, relacional y sensorial si se realizan con seguridad, sin forzar y respetando los tiempos individuales.
En este marco, el agua no es simplemente un entorno de actividad física, sino un espacio relacional y perceptivo que, si se propone correctamente, puede apoyar la regulación emocional, la confianza corporal y la calidad de la relación entre progenitor e hijo.
Beneficios del agua en el desarrollo del niño
El entorno acuático ofrece estimulaciones muy particulares que involucran diferentes aspectos del desarrollo infantil. En el agua el cuerpo es más ligero y esto facilita el movimiento espontáneo, reduciendo la carga sobre las articulaciones. El niño puede explorar su propio cuerpo de forma más libre y desarrollar una mayor conciencia corporal.
Desde el punto de vista sensorial, el agua estimula al mismo tiempo el tacto, el equilibrio y la percepción que el bebé tiene de su propio cuerpo, ayudando a que coordine mejor sus movimientos. Esta experiencia multisensorial contribuye al desarrollo del sistema nervioso central y a la capacidad de coordinación.
En el plano emocional, el agua puede tener un efecto calmante gracias a la sensación de contención y a la continuidad con el entorno uterino. La presencia del progenitor en el agua favorece además la corregulación emocional a través del contacto físico, la mirada y la sincronización de los movimientos, reforzando el vínculo afectivo.
Finalmente, la experiencia acuática temprana puede favorecer una familiarización positiva con el agua, reduciendo posibles miedos futuros y promoviendo una relación serena con este elemento.
Un continuo biológico entre el útero y el agua
El paso del vientre materno a la piscina es una transición natural para los sentidos del bebé. El feto crece en agua, el recién nacido nace en un medio gaseoso, pero conserva una memoria corporal implícita de esa condición original. El agua se convierte así en un elemento que evoca la primera experiencia de vida y que, si se propone de forma respetuosa y gradual, puede apoyar el desarrollo psicomotor y emocional del niño a través de la seguridad, la relación y la continuidad sensorial.
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