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Artículos científicos

Exposición a los rayos UVA en el recién nacido y en el lactante en el primer año de vida y vulnerabilidad cutánea en edad pediátrica

FOCUS: Recién nacido en verano

La exposición a la radiación ultravioleta (UV) constituye el principal factor ambiental responsable del daño cutáneo acumulativo y de la fotocarcinogénesis. La radiación UV que llega a la superficie terrestre está compuesta predominantemente por rayos UVA (320–400 nm), subdivididos en UVA2 (320–340 nm) e UVA1 (340–400 nm), y por rayos UVB (290–320 nm).

Los UVA representan más del 95% de la radiación ultravioletta incidente y, gracias a su mayor longitud de onda, penetran en las capas más profundas de la piel, donde inducen estrés oxidativo, alteraciones de la matriz extracelular, inmunomodulación y daño celular mediado por la formación de especies reactivas de oxígeno (ROS).
Los UVB, aunque penetran predominantemente en la epidermis, pueden provocar alteraciones en el ADN  a través de la formación de fotoproductos del ADN, en particular dímeros de ciclobutano-pirimidina (CPD) y fotoproductos 6-4 pirimidina-pirimidona.

La acción combinada de UVA y UVB determina una acumulación progresiva de alteraciones moleculares que constituyen el sustrato biológico del fotoenvejecimiento, de la inmunosupresión fotoinducida y del desarrollo del cáncer de piel.

 

Por qué la piel del recién nacido es más vulnerable a los rayos UV

En el recién nacido y en el lactante, durante el primer año de vida, tales efectos resultan amplificados por las peculiares características de la piel, que representa un órgano aún en fase de desarrollo tanto desde el punto de vista estructural como funcional.

Una barrera cutánea todavía inmadura

La piel del recién nacido a término completa rápidamente la adaptación a la vida fuera del útero, pero su maduración continúa durante varios meses después del nacimiento. En los primeros 12 meses de vida la epidermis presenta un grosor inferior respecto a la edad adulta, con una capa córnea más delgada, una menor unión entre las células de la capa más externa y una función barrera aún en evolución. Aunque la pérdida de agua a través de la piel (transepidermal water loss, TEWL) alcance valores próximos a los del adulto dentro de las primeras semanas de vida en el recién nacido sano a término, la barrera epidérmica mantiene una mayor vulnerabilidad frente a los agentes físicos, químicos y ambientales, incluida la radiación ultravioleta. Dicha inmadurez es aún más marcada en los bebés prematuros, en los cuales completar la barrera cutánea requiere tiempos significativamente más largos.

 

Una dermis más delgada y menos resistente

También la dermis presenta características distintivas. El espesor dérmico es reducido y la red de fibras de colágeno y elásticas está aún en fase de organización. La matriz extracelular es contiene una mayor proporción de agua y determinadas sustancias estructurales, mientras que el tejido conectivo ofrece una menor resistencia a los insultos mecánicos y oxidativos. En consecuencia, la mayor capacidad de penetración de las radiaciones UVA en los tejidos profundos puede determinar un daño biológico relativamente más extenso respecto al adulto.

 

Una protección natural aún incompleta

La pigmentación cutánea representa un elemento adicional de vulnerabilidad. Aunque el número de melanocitos es sustancialmente comparable al del adulto desde el nacimiento, su actividad biosintética es significativamente reducida. En los primeros meses de vida la producción de melanina, la maduración de los melanosomas y su distribución hacia las células de la epidermis resultan aún incompletos, limitando la eficacia de la protección natural frente a la radiación ultravioleta. Dicha reducida capacidad fotoprotectora favorece una mayor susceptibilidad al daño oxidativo y mutágeno inducido por la exposición solar.

 

Defensas antioxidantes y reparación del ADN en maduración

También los sistemas de defensa antioxidante resultan funcionalmente inmaduros. La actividad de enzimas tales como superóxido dismutasa, catalasa y glutatión peroxidasa, fundamentales en la neutralización de las especies reactivas de oxígeno, alcanza progresivamente los niveles de la edad adulta durante el primer año de vida. Paralelamente, los mecanismos de reparación del ADN, aunque presentes, muestran una menor eficiencia funcional en las primeras fases del desarrollo, favoreciendo la persistencia del daño molecular consecuente a la exposición a los rayos UV.

 

Un sistema inmunitario cutáneo aún en desarrollo

La piel neonatal presenta además peculiaridades inmunológicas que contribuyen a aumentar su vulnerabilidad. El sistema inmunitario cutáneo se caracteriza por una menor madurez de algunas células encargadas de la defensa de la piel, por una diferente disposición de las poblaciones linfocitarias residentes y por una producción aún inmadura de las sustancias que regulan la inflamación. Esta condición determina una mayor susceptibilidad al debilitamiento de las defensas de la piel provocado por la radiación UV, fenómeno que interfiere con la vigilancia inmunológica frente a las células genéticamente dañadas y representa uno de los principales mecanismos involucrados en la fotocarcinogénesis.

 

Mayor superficie cutánea y mayor absorción

Otra característica distintiva del primer año de vida está representada por la elevada relación entre superficie corporal y peso corporal, aproximadamente dos a tres veces superior en comparación con el adulto. Dicha peculiaridad conlleva una mayor superficie cutánea expuesta en relación con la masa corporal y determina, por un lado, una mayor vulnerabilidad a los agentes ambientales y, por otro, un potencial incremento de la absorción percutánea de las sustancias aplicadas sobre la piel. Este aspecto adquiere especial relevancia en la elección de los productos fotoprotectores destinados a los lactantes, en los cuales deben privilegiarse formulaciones caracterizadas por un elevado perfil de seguridad, mínima absorción por el organismo y bajo potencial irritativo o sensibilizante.

 

El papel del microbioma cutáneo

También el microbioma cutáneo, elemento fundamental del equilibrio de la piel y de la regulación inmunitaria, experimenta profundas modificaciones durante el primer año de vida. La formación progresiva del microbioma  comienza inmediatamente después del nacimiento y continúa evolucionando en los meses siguientes, contribuyendo progresivamente a la maduración de la función barrera y de las respuestas inmunitarias cutáneas. Las alteraciones de la integridad epidérmica inducidas por la radiación ultravioleta pueden interferir con este delicado proceso de desarrollo.

 

El daño solar comienza precozmente

Las evidencias epidemiológicas demuestran que el daño provocado por la protección solar es un fenómeno acumulativo que comienza precozmente. Aunque el primer año de vida representa solo una mínima proporción de la exposición solar total, la elevada susceptibilidad biológica de la piel hace que esta ventana temporal sea particularmente crítica. Las exposiciones intensas e intermitentes pueden determinar alteraciones persistentes en los células de la epidermis  y en los melanocitos, promoviendo la acumulación de alteraciones en el ADN y en el funcionamiento de los genes que pueden contribuir al desarrollo futuro de cáncer de piel.

 

Recomendaciones para la fotoprotección en los primeros seis meses de vida

Por tales razones, todas las principales sociedades científicas internacionales, incluyendo la American Academy of Pediatrics (AAP, 2022), la American Academy of Dermatology (AAD, 2024) y el Cancer Council Australia (2023), recomiendan que los recién nacidos menores de seis meses no se expongan directamente a la luz solar. En este rango de edad, la fotoprotección debe obtenerse prioritariamente mediante estrategias de comportamiento y barreras físicas, que incluyen la permanencia en la sombra, el uso de prendas con elevado factor de protección ultravioleta (UPF), sombreros de ala ancha y el empleo de coches de bebés y cochecitos dotados de capotas o sistemas de protección fabricados con tejidos con protección UV certificada  (UV Protection/UPF). Dichos dispositivos deben garantizar una protección eficaz de la radiación ultravioleta sin comprometer la ventilación y el intercambio de aire dentro del cochecito.

De hecho, es esencial evitar la cobertura completa con telas o mantas no transpirables, práctica que puede determinar un rápido incremento de la temperatura interna, reducir la disipación del calor y aumentar significativamente el riesgo de hipertermia y estrés por calor en el recién nacido. Las capotas diseñadas con materiales técnicos traspirables y de alta protección UV representan, por lo tanto, la solución preferible, ya que permiten combinar una elevada eficacia fotoprotectora con una adecuada aireación y el mantenimiento del confort térmico del lactante.

 

Después de los seis meses: cuándo utilizar el fotoprotector

En el lactante de edad superior a seis meses, cuando la exposición al sol no sea evitable, el uso del protector solarrepresenta una medida complementaria y no sustitutiva de las estrategias físicas. Se recomiendan productos de amplio espectro, eficaces frente tanto a los UVB como a los UVA, con elevada fotoestabilidad y comprobado perfil de seguridad en la población pediátrica, preferiblemente formulados con filtros minerales o con sistemas filtrantes específicamente desarrollados para la piel sensible de la infancia.

 

Mensaje clave

A la luz de las peculiares características anatómicas, fisiológicas e inmunológicas de la piel en el primer año de vida, la fotoprotección representa una intervención preventiva fundamental. La prevención de la exposición excesiva a los rayos ultravioletas durante esta ventana de desarrollo no tiene exclusivamente el objetivo de evitar los efectos inmediatos de la radiación, sino que constituye una estrategia de prevención primaria dirigida a reducir la acumulación del daño solar y el riesgo de tumores cutáneos en la edad adulta.
Las presentes recomendaciones, elaboradas por un panel multidisciplinario de expertos en dermatología pediátrica, pretenden proporcionar indicaciones basadas en la evidencia para el empleo apropiado de las medidas de fotoprotección en recién nacidos y lactantes, integrando los conocimientos más recientes sobre la fisiología de la piel en edad pediátrica con las evidencias actuales en materia de fotobiología y prevención pediátrica.

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