Artículos científicos
Cuidado del recién nacido
Desde los primeros instantes de vida, el recién nacido tiene una necesidad profunda y primaria: sentirse acogido, protegido y amado por quienes lo cuidan, en primer lugar la madre. Este vínculo, tan esencial como delicado, constituye la base de su desarrollo físico, emocional y relacional. En los primeros años, de hecho, la supervivencia del niño depende totalmente de sus figuras de cuidado. Es en este contexto donde nace el concepto de imprinting, una fase breve pero irrepetible que sienta las bases de un vínculo emocional profundo.

El papel del cuidado
Cuidar a un recién nacido significa responder de manera constante, amorosa e intuitiva a sus necesidades. El niño reconoce en la figura que lo cuida una base segura, un punto de referencia desde el cual explorar el mundo y al que regresar para sentirse protegido. Esta seguridad emocional es lo que alimenta su curiosidad, su capacidad de autorregulación y, más adelante, la confianza en las relaciones. Hablarle al niño, acariciarlo, masajearlo y mirarlo a los ojos son gestos que crean un diálogo silencioso pero muy poderoso. Cuanto más el niño experimenta esta conexión, más capaz será de afrontar la vida con serenidad y confianza.
Bonding: un vínculo que nace antes del parto
El vínculo entre madre e hijo comienza ya durante el embarazo (bonding prenatal) y se fortalece en los primeros meses después del nacimiento (bonding postnatal). Esta relación temprana forma en la mente del recién nacido un “mapa afectivo” que guiará su manera de relacionarse en el futuro. El bonding ayuda a los padres a comprender mejor las señales del niño y a acogerlo con amor, protección y calidez.
Breast Crawl: la primera escalada de la vida
Inmediatamente después del parto, si se deja tranquilo sobre el abdomen desnudo de la madre, el recién nacido realiza un gesto instintivo: se impulsa, con pequeños movimientos, hacia el pecho. Esta acción, llamada Breast Crawl, es una competencia innata que lleva al niño a encontrar de forma autónoma el pezón e iniciar la succión. Un momento extraordinario que marca el inicio de la lactancia y refuerza el vínculo madre-hijo.
La necesidad primaria del contacto
El contacto físico representa una necesidad primaria e innata para el recién nacido, constituyendo un canal esencial para el conocimiento, la interacción y la supervivencia. Durante el primer año de vida, el niño desarrolla un vínculo de apego significativo con la principal figura de cuidado, a través del cual comunica sus necesidades y comienza a construir las bases de sus competencias sociales y emocionales.
La interacción entre el progenitor y el recién nacido puede considerarse una auténtica “danza relacional” que comienza ya durante el embarazo, se intensifica tras el nacimiento y se consolida en los meses siguientes. En el centro de esta relación se encuentra el contacto físico, en particular el mediado por el tacto, que representa el primer sentido en desarrollarse en el embrión humano y el órgano sensorial más extenso del cuerpo. La piel, de hecho, es el primer instrumento de comunicación del recién nacido, además de una barrera protectora altamente sensible.
El contacto afectivo desempeña al menos tres funciones fundamentales:
- Garantiza al recién nacido una sensación de seguridad y protección;
- Ayuda en la regulación emocional, contribuyendo a reducir la angustia y promoviendo estados de calma;
- Representa una base estable y confiable para su desarrollo afectivo y relacional.
Tacto y regulación neurohormonal
Durante las interacciones físicas —como el masaje infantil— se activan circuitos neurohormonales fundamentales. El tacto estimula la producción de endorfinas y serotonina en ambos sujetos involucrados. En la madre, además, se observa un aumento de la oxitocina, hormona que facilita el vínculo afectivo y la recuperación posparto, y de la prolactina, que favorece la lactancia y la motivación hacia el cuidado. Estas hormonas contribuyen a la reducción de los niveles de estrés y promueven el bienestar psicofísico.
Conceptos como holding (contención física) y handling (manipulación afectuosa) describen, respectivamente, la manera en que el recién nacido es sostenido y tocado. Estos gestos, aparentemente simples, contribuyen al desarrollo de la identidad corporal del niño y refuerzan el sentido del yo.
Comunicación multisensorial: vista, oído y olfato
La vista, ya en las primeras semanas de vida, constituye una poderosa herramienta de comunicación emocional. A través de la mirada, el progenitor puede captar las señales del recién nacido y responder de manera empática, transmitiendo seguridad y reconocimiento.
También el oído y el olfato desempeñan un papel central en la relación temprana. Desde la vida intrauterina, el niño reconoce la voz, el latido cardíaco y el olor de la madre. Estos estímulos, reproducidos en el contexto del masaje o del cuidado cotidiano a través del tono de la voz, el canto o el uso de productos sin perfume, contribuyen a calmar al recién nacido y a reforzar el vínculo afectivo.

Skin-to-skin: el poder del contacto piel con piel
El contacto piel con piel, conocido también con el término inglés skin-to-skin, representa una práctica clínica fundamental que favorece el inicio precoz del vínculo afectivo entre madre y recién nacido. Inmediatamente después del parto, cuando la madre puede permanecer sin interrupciones con su hijo, el simple gesto de tomarlo en brazos, colocarlo sobre el pecho desnudo, hablarle y mirarlo a los ojos constituye el comienzo de una relación íntima y profundamente reguladora para ambos.
Esta interacción temprana genera beneficios fisiológicos, emocionales y hormonales significativos tanto para el recién nacido como para la madre. En este contexto protegido y seguro, la madre experimenta una reducción de la percepción del dolor y del cansancio, mientras que el recién nacido se muestra más tranquilo, alerta y predispuesto al agarre espontáneo al pecho.
Numerosas evidencias científicas confirman los efectos positivos del contacto piel con piel, entre los que se incluyen:
- Calma al recién nacido;
- Estabiliza el ritmo cardíaco y la respiración;
- Mejora la termorregulación;
- Reduce el riesgo de hipoglucemia;
- Favorece la lactancia;
- Refuerza el sistema inmunitario;
- Reduce el llanto;
- Favorece un fuerte vínculo madre-hijo.
También la madre obtiene beneficios: reducción del estrés, recuperación más rápida, estímulo de la producción de leche, aumento de la oxitocina (“hormona del amor”) y de la prolactina. Y cuando la madre no puede hacerlo, el padre también puede ofrecer este contacto tan valioso.
Rooming-in: crecer juntos desde los primeros días
El rooming-in prevé que la madre y el recién nacido permanezcan juntos las 24 horas del día desde el nacimiento. Esta modalidad permite continuar el bonding de manera natural y continua. Favorece la lactancia, reduce el estrés tanto en la madre como en el niño y ayuda a prevenir infecciones, problemas de alimentación y complicaciones como las grietas del pezón o las mastitis.
Las madres que viven la experiencia del rooming-in tienden a tocar, hablar y observar más a sus hijos, fortaleciendo desde el inicio una relación profunda y consciente. Por ello, debería ser una práctica promovida activamente por todas las estructuras sanitarias, acompañada de una adecuada información y apoyo.
La lactancia materna: nutrición y relación
La lactancia materna no es solo nutrición, es comunicación, amor y protección. Durante la toma, el niño revive las sensaciones experimentadas en el útero: el latido del corazón, la voz y el calor de la madre. Es una experiencia sensorial total que le hace sentirse amado y seguro.
La leche materna es el mejor alimento existente para un recién nacido: rica en nutrientes, anticuerpos, hormonas y sustancias bioactivas que refuerzan el microbiota intestinal, favorecen el desarrollo cerebral y protegen frente a enfermedades agudas y crónicas. Para la madre, la lactancia reduce el riesgo de algunas patologías y favorece la recuperación posparto.
Cuidar a un recién nacido significa mucho más que satisfacer necesidades físicas. Significa estar presente, tocar, escuchar, observar y amar. El contacto, la mirada, la voz y el olor de la madre se convierten en herramientas fundamentales para construir seguridad, afecto y confianza. Cada gesto cotidiano, si se realiza con amor y conciencia, contribuye a crear un vínculo fuerte, seguro y duradero. Un vínculo que acompañará al niño durante toda la vida.

