Artículos científicos
El sueño del recién nacido
Es importante tener presente que cada niño es diferente. Pensar que todos deben comportarse de la misma manera a la hora de irse a dormir y durante la noche es un error. Hay niños que se duermen fácilmente y otros que tienen muchas dificultades para relajarse y conciliar el sueño; niños que duermen de forma ininterrumpida y otros que se despiertan continuamente; niños que necesitan pocas horas de descanso y otros que, en cambio, necesitan descansar durante más tiempo.
Cómo duerme el feto
En el útero, el feto muestra inicialmente una alternancia entre actividad motora y tranquilidad, con intervalos de 0 a 60 minutos. Posteriormente, en la segunda mitad del embarazo, se produce una alternancia de fases de sueño y vigilia con una duración aproximada de 2 horas. Este ritmo está sostenido por factores maternos: hormonas (melatonina, cortisol), niveles de glucosa en sangre (comidas maternas), temperatura y contracciones uterinas rítmicas. Al final del embarazo, los estados de “sueño activo” están bien diferenciados (con presencia de movimientos oculares rápidos – REM – y algunos movimientos corporales) y los de “sueño tranquilo” (ausencia de movimientos corporales), durante los cuales tienen lugar procesos evolutivos muy importantes, como la maduración de todos los órganos, la secreción hormonal y la repetición de la experiencia de vigilia. Desde una edad muy temprana, el tiempo dedicado al sueño favorecerá el desarrollo del niño.

Desde el nacimiento hasta los 4 meses
Un ciclo de sueño en el recién nacido dura entre 50 y 60 minutos. Por ello, los despertares son más frecuentes en el bebé pequeño, que también duerme entre 18 y 19 horas al día, con notables diferencias individuales. Al haber perdido las influencias maternas prenatales, el ritmo ya no se mantiene en 24 horas; por esta razón, en las primeras semanas no existen horarios previsibles de sueño. Alrededor de las 6–8 semanas se observa un aumento gradual de los períodos de sueño nocturno. Entre los 3 y 4 meses, el bebé puede sincronizar sus ritmos con los externos: el ritmo luz-oscuridad, gracias también a la secreción de melatonina, significativa a partir de los 3 meses; la regularidad y calidad de las actividades sociales y, en diversa medida, la regularidad de las tomas.
Entre los 2 y 4 meses, el organismo está fisiológicamente predispuesto a retomar el ritmo de 24 horas en el ciclo sueño-vigilia, que se pierde tras el nacimiento. En nuestra sociedad, la mayoría de los lactantes a partir de los 4 meses realizan tres siestas diurnas (media mañana, primeras horas de la tarde y final de la tarde) y un sueño nocturno interrumpido por breves y normales despertares (de media 2–3). Este mecanismo se ve facilitado cuando los padres mantienen un comportamiento coherente y previsible para el niño.
La evolución del sueño sigue las fases del desarrollo psicomotor, en particular la adquisición de la capacidad de manejar la separación de la madre y del mundo exterior, lo que incluye también el proceso de dormirse. Es importante que los padres confíen en su hijo y lo acompañen: para el niño, estos aspectos son fundamentales para el desarrollo de la seguridad en sí mismo y para aprender a gestionar la ansiedad ante eventos desconocidos e imprevisibles. De ahí la importancia de las rutinas que preceden a los momentos de separación, en las que el niño debería poder participar de forma cada vez más activa y protagonista.

Entre los 4 y 7 meses
Alrededor de los 4–5 meses, en el bebé aumentan la comprensión de la separación de mamá y papá, así como el reconocimiento y la anticipación de lo que está a punto de suceder. Los lactantes que se despiertan por la noche en situaciones diferentes a aquellas en las que se durmieron (por ejemplo, despertarse solos en una cuna o cochecito después de haberse dormido en brazos de un progenitor en otra habitación) pueden tener ahora más dificultades para volver a dormirse y llamarán al adulto para sentirse tranquilos y retomar el sueño. Esto se acentúa alrededor de los 6–7 meses, cuando la maduración del reconocimiento de personas extrañas y de nuevos entornos hace más difícil adaptarse a las novedades y a las separaciones del adulto: el sueño se vuelve aún más dependiente del bienestar emocional y relacional del niño a lo largo del día. Si durante los despertares naturales el bebé encuentra todo igual que en el momento de dormirse (entorno, oscuridad, presencia del progenitor…), le resultará más fácil volver a dormir y, progresivamente, aceptar mejor el momento de irse a la cama. Lo contrario, en cambio, puede aumentar la “lucha” del niño contra el inicio del sueño nocturno y provocar un sueño más superficial y una mayor frecuencia de despertares. A partir de los 6–7 meses, los aspectos relacionados con la seguridad durante los momentos de separación del adulto se vuelven prioritarios.
A cualquier edad, la calidad del sueño está influida por factores individuales (temperamento, experiencias pre y perinatales), ambientales y relacionales (apego al progenitor, relaciones familiares, hábitos y expectativas), así como por otros factores orgánicos (trastornos físicos, enfermedades). Otras dificultades del sueño pueden aparecer con la reincorporación de la madre al trabajo, durante la adaptación a la guardería, por tensiones familiares o cambios en la rutina, así como en las fases que preceden a un “salto” en el desarrollo psicomotor (aprender a caminar solo o adquirir nuevas habilidades lingüísticas…), momentos en los que el niño puede mostrar desorganización del comportamiento, con irritabilidad y dificultades para mantener el sueño.
